lunes, octubre 23, 2006
ME CONFIESO
¿Alguno de vosotros tiene algún hobbie extraño? ¡Pues yo confieso que sí!
Las personas que ven, cuando van en transporte público, generalmente hacen dos cosas: bien leen un libro o el periódico, o bien escuchan música en reproductores portátiles. Las personas que no vemos no podemos disfrutar de ninguno de estos dos entretenimientos; en primer lugar, nuestros libros ocupan mucho sitio (son muy gordos y con las hojas tamaño folio) y, en hora punta, si los abriéramos no cabría nadie más a nuestro alrededor; en cuanto a escuchar música, no es bueno que vayamos con los cascos puestos ya que esto impide oír el ruido ambiente para poder orientarnos.
Pero, como Madrid es tan grande y nos pasamos tantas horas al día en el transporte público, yo vi necesario buscarme algún entretenimiento para que los viajes se me hicieran más agradables. Después de intentar varias cosas (contar estaciones, pensar y ordenar en mi cabeza cosas que tenía que hacer...) descubrí que, aunque indiscreto, un entretenimiento bastante divertido consistía en escuchar las conversaciones de los demás.
Al principio sólo las escuchaba, sin ningún tipo de implicación; más tarde, empecé a interesarme y jugar a adivinar quién eran esas personas, a qué se podían dedicar, qué les podría haber pasado para contar esa historia y, en un tercer momento, incluso me impliqué en alguna de ella dando mi opinión.
Lo que más rabia me da de escuchar historias es que siempre me quedo a la mitad, a veces en lo más interesante porque, o bien se tiene que bajar la persona, o bien tengo que hacerlo yo. Varias veces he tenido la tentación de pasarme de estación o de preguntar a los implicados para enterarme de qué pasó con la mujer que lo quería dejar con su marido, o con la suegra que vive en casa pero no hace nada, o con la compañera de trabajo de la que están hartas porque siempre hace la pelota al jefe, o con tantas otras personas con las que he compartido, la mayoría de las veces sin que lo supieran, un pedacito de su vida.
Así que, si alguna vez váis en el metro o el autobús y véis alguna persona que escucha atentamente a lo que decís (se me da un poco mal disimular), o se ríe inesperadamente coincidienco con algo gracioso que habéis contado, puede que sea yo así que seguid hablando tranquilamente y así conoceré algo más de vosotros y el viaje se me hará más ameno.
Las personas que ven, cuando van en transporte público, generalmente hacen dos cosas: bien leen un libro o el periódico, o bien escuchan música en reproductores portátiles. Las personas que no vemos no podemos disfrutar de ninguno de estos dos entretenimientos; en primer lugar, nuestros libros ocupan mucho sitio (son muy gordos y con las hojas tamaño folio) y, en hora punta, si los abriéramos no cabría nadie más a nuestro alrededor; en cuanto a escuchar música, no es bueno que vayamos con los cascos puestos ya que esto impide oír el ruido ambiente para poder orientarnos.
Pero, como Madrid es tan grande y nos pasamos tantas horas al día en el transporte público, yo vi necesario buscarme algún entretenimiento para que los viajes se me hicieran más agradables. Después de intentar varias cosas (contar estaciones, pensar y ordenar en mi cabeza cosas que tenía que hacer...) descubrí que, aunque indiscreto, un entretenimiento bastante divertido consistía en escuchar las conversaciones de los demás.
Al principio sólo las escuchaba, sin ningún tipo de implicación; más tarde, empecé a interesarme y jugar a adivinar quién eran esas personas, a qué se podían dedicar, qué les podría haber pasado para contar esa historia y, en un tercer momento, incluso me impliqué en alguna de ella dando mi opinión.
Lo que más rabia me da de escuchar historias es que siempre me quedo a la mitad, a veces en lo más interesante porque, o bien se tiene que bajar la persona, o bien tengo que hacerlo yo. Varias veces he tenido la tentación de pasarme de estación o de preguntar a los implicados para enterarme de qué pasó con la mujer que lo quería dejar con su marido, o con la suegra que vive en casa pero no hace nada, o con la compañera de trabajo de la que están hartas porque siempre hace la pelota al jefe, o con tantas otras personas con las que he compartido, la mayoría de las veces sin que lo supieran, un pedacito de su vida.
Así que, si alguna vez váis en el metro o el autobús y véis alguna persona que escucha atentamente a lo que decís (se me da un poco mal disimular), o se ríe inesperadamente coincidienco con algo gracioso que habéis contado, puede que sea yo así que seguid hablando tranquilamente y así conoceré algo más de vosotros y el viaje se me hará más ameno.
viernes, octubre 06, 2006
VIBRACIONES
Hasta ahora, yo siempre he ido en el metro a todas partes. Sin embargo, este año he empezado a ir a un sitio donde el metro no llega, por lo que he tenido que aprender a coger dos autobuses, por falta de uno.En el metro es fácil orientarse: suele avisar de las estaciones (y, si no, se pueden ir contando fácilmente), siempre para en todas las estaciones, los trasbordos son por debajo de tierra por lo que lo único que hay que aprenderse son unos cuantos pasillos y, por último, es fácil reconocer cuándo has llegado a tu destino. Pero, ¿cómo puede hacerse esto en el autobús?
El autobús es un medio, para las personas ciegas, más difícil que el metro: no dice las paradas, no para en todas y, además, hace paradas en otros sitios donde la gente no se tiene que bajar y subir, como son los semáforos o los atascos. Por tanto, para saber cuándo llegas a tu destino te tienes que fijar en: ¡las vibraciones del autobús!
Al principio cuando me lo dijeron pensé que podían referirse a las buenas o malas vibraciones que daban las personas que subían en él pero, ¡no!; parece ser que, en lo que me tengo que fijar es en los movimientos del autobús: los baches, las rotondas, las cuestas... y aprenderme que, después de este bache o esta bajadita, me tengo que bajar. ¡No os podéis imaginar qué tensión! ¡cada accidente geográfico del terreno crees que ya es el tuyo! Y lo peor es cuando la parada está en una calle recta y larga, que ahí no hay vibraciones que valgan y la única solución es preguntar, que no siempre es eficaz porque, o bien la gente no conoce la zona, o bien al conductor se le olvida avisarte.
En fin, la conclusión de hoy es que practiquéis a cerrar los ojos, ir en coche o en autobús (sin conducir, claro) e intentéis adivinar cuándo llegáis a vuestro destino. ¡Quién sabe! A lo mejor de aquí a poco, con nuestra experiencia, nos contratan como expertos en vibraciones.
OBRAS EN MADRID
Un capítulo obligado en esta serie implica hablar de las obras. Pero no voy a caer en el tópico (aunque lo pienso) de que hay muchas obras, de que no están bien señalizadas, de que tardan más en acabarse de lo que deberían... ¡Nada de eso! En este caso vengo a haceros una clasificación de los “tipos de obras” para que, cuando os encontréis alguna, sepáis cómo catalogarlas y actuar ante ellas.En primer lugar, tenemos las más inofensivas: “Obras ladradoras, poco mordedoras” Se trata de esas obras en las que hay mucho ruido y, cuando me acerco con el bastón pienso que habrá una gran zanja o algo así. Sin embargo, cuando me cruzan los obreros, me doy cuenta de que se trata de un pequeño agujerito inofensivo para cuya realización se están utilizando dos o tres máquinas de las más estruendosas de la capital
También podríamos destacar la conocida por todos como “la obra del escorial” que, por supuesto es esa obra que sabes cuándo ha empezado pero que no ves el momento en que acabe. Es esa obra en la que, cuando pasas cada día no ves una mejora, sino más bien todo lo contrario: la ves cada vez peor. Otra variante de “la obra del Escorial” son aquellos lugares donde, si bien las obras se acaban,al poco tiempo vuelve a empezar otra por cualquier motivo, y luego otra, y otra..., siempre en el mismo sitio. ¡Yo he llegado a ver obras del Escorial que duraron tres años!
El tercer grupo lo forman “las obras inacabadas”. Son aquellas en que, aunque ya se han terminado, los obreros dejan como recuerdo una valla, o un pequeño agujerito, o un remate sin terminar, para que los ciudadanos recordemos siempre “Aquí hubo una obra”. El caso es que “pequeño desperfecto” termina formando parte del paisaje urbano y acaba siendo natural, hasta el punto que se echa de menos el día que definitivamente desaparece.
Por último, y las más odiosas para el bastón, tenemos las “obras del GRAN PRIX”. Son aquellas obras en las que tienes que rodear vallas, pasar por encima de una tabla que se mueve, atravesar barro, ir al ras de los coches que corren por la carretera, pasar entre andamios, sortear cascotes, agacharte y muchas cosas más, dependiendo de la imaginación de los obreros. La verdad si le coges el punto, hasta son divertidas.
En fin; a partir de ahora, cuando vayáis por la calle, tened en cuenta esta clasificación y, además, tened mucho cuidado.
martes, octubre 03, 2006
¿QUIÉN ES QUIEN?
No sé si alguno recordaréis un juego de mesa que anunciaban hace algunos años llamado “¿quién es quién?” Básicamente consistía en adivinar un personaje entre un montón de ellos haciendo preguntas del tipo: ¿lleva gafas? ¿es rubio?... Así se tachaban aquellos personajes que no respondían al perfil hasta, finalmente, dar con la respuesta correcta.
Pues bien; yo a menudo, mucho más de lo que me gustaría, juego al “¿quién es quién?” pero no con un número limitado de personajes, sino con toda la gente que me conoce y, además, no con el consentimiento de la otra persona, sino sin que ésta lo sepa.
Me explico; es frecuente, cuando voy por la calle, que me encuentre a alguien y me salude efusivamente: “¡Eli, hola!, ¿qué tal?”. Ante esta demostración de efusividad, como comprenderéis, no se puede responder con un “Hola; estoy bien pero, ¿quién eres?” ya que la persona se llevaría una pequeña decepción así que, para no quedar mal (aunque a veces así quedas peor) empiezo a jugar al quién es quién.
Un breve ejemplo sería el siguiente:
Persona: Hola Eli, ¿qué tal?
Eli: Bien, ¿y tú?
Persona: Yo bien, como siempr.
(Con esa respuesta vamos mal).
Eli: Y, ¿qué andas haciendo? (Hay que buscar preguntas genéricas, para no “meter la pata”).
Persona: Pues ya ves, estudiando.
(Este es el momento de tachar de la lista a todas las personas conocidas que no estudian).
Eli: Y, ¿te va bien? (No puedo preguntarle qué estudia porque esa pregunta demuestra que no sé quién es).
Persona: Hombre, pues sí, ya acabo este año.
(Hay que tachar a todos los que todavía no acaban).
Eli: Y después, ¿qué quieres hacer?
Persona: Voy a hacer un máster de dirección de empresas.
(Aquí tachamos a todos los que no estudien carreras relacionadas con el derecho, la dirección de empresas, etc)...
La conversación puede durar así un buen rato tras el cual, o bien puedo adivinar quién es, o bien la persona o yo tenemos que irnos por lo que vuelvo a mi casa sin tener ni idea. Al principio eso me preocupaba y pasaba algunos días intentando indagar de quién se trataba pero, como la cosa es cada vez más común, ya me lo tomo con filosofía y procuro no darle vueltas.
Saí que, la próxima vez que habléis con una persona ciega, aunque penséis que ésta os va a conocer, ¡identificaos, por favor!
Pues bien; yo a menudo, mucho más de lo que me gustaría, juego al “¿quién es quién?” pero no con un número limitado de personajes, sino con toda la gente que me conoce y, además, no con el consentimiento de la otra persona, sino sin que ésta lo sepa.
Me explico; es frecuente, cuando voy por la calle, que me encuentre a alguien y me salude efusivamente: “¡Eli, hola!, ¿qué tal?”. Ante esta demostración de efusividad, como comprenderéis, no se puede responder con un “Hola; estoy bien pero, ¿quién eres?” ya que la persona se llevaría una pequeña decepción así que, para no quedar mal (aunque a veces así quedas peor) empiezo a jugar al quién es quién.
Un breve ejemplo sería el siguiente:
Persona: Hola Eli, ¿qué tal?
Eli: Bien, ¿y tú?
Persona: Yo bien, como siempr.
(Con esa respuesta vamos mal).
Eli: Y, ¿qué andas haciendo? (Hay que buscar preguntas genéricas, para no “meter la pata”).
Persona: Pues ya ves, estudiando.
(Este es el momento de tachar de la lista a todas las personas conocidas que no estudian).
Eli: Y, ¿te va bien? (No puedo preguntarle qué estudia porque esa pregunta demuestra que no sé quién es).
Persona: Hombre, pues sí, ya acabo este año.
(Hay que tachar a todos los que todavía no acaban).
Eli: Y después, ¿qué quieres hacer?
Persona: Voy a hacer un máster de dirección de empresas.
(Aquí tachamos a todos los que no estudien carreras relacionadas con el derecho, la dirección de empresas, etc)...
La conversación puede durar así un buen rato tras el cual, o bien puedo adivinar quién es, o bien la persona o yo tenemos que irnos por lo que vuelvo a mi casa sin tener ni idea. Al principio eso me preocupaba y pasaba algunos días intentando indagar de quién se trataba pero, como la cosa es cada vez más común, ya me lo tomo con filosofía y procuro no darle vueltas.
Saí que, la próxima vez que habléis con una persona ciega, aunque penséis que ésta os va a conocer, ¡identificaos, por favor!
martes, agosto 15, 2006
PRESENTACION

El ser una persona ciega o con cualquier otra discapacidad, tiene ciertas limitaciones que, en ocasiones, pueden hacernos la vida más difídil que al que ve en algunos aspectos. Sin embargo, en vez de dramatizar, es mucho más positivo y divertido enfrentarse a estas limitaciones con humor, y afrontarlas, no como un problema, sino como una sino como una oportunidad para construir una visión alternativa del mundo. Lo vamos a intentar desde este blog que sirve de complemento a la serie de programas que he vengo realizando en PUNTO RADIO.
En estos episodios, trataré de mostrar la vida diaria de una persona ciega de forma amena, con humor y tratando de desmitificar un mundo que, aunque con sus peculiaridades, es igual que el del resto de las personas. Porque, al fin y al cabo, lo que todos pretendemos es vivir una vida diaria normalizada y cruzar una calle, ir en metro o hacer la compra y, si existen determinados obstáculos para hacerlo, la mejor forma de salvarlos es es convertirlos en retos y afrontarlos con con la máxima “alegría” posible.
Por tanto, os invito a todos a que pasemso un buen rato compartiendo aventuras y, sobre todo, pasándlo bien.
